SAN ANTON
(Fiesta local en Lorquí)
Los orígenes de esta fiesta, popular no solo en nuestro pueblo sino en toda España y sobre todo en el levante, parecen estar relacionados con la difusión que se hizo desde Tortosa, por todo el reino de Valencia y costa mediterránea a finales del siglo XIV. Sin embargo en nuestro pueblo nunca ha habido celebración religiosa ligada al Santo, ni bendición de animales. Sólo el conocido cochino de S. Antón que era alimentado entre todos por las calles y que se mataba al llegar su festividad. En nuestro pueblo, y en toda la mal llamada Vega Media, está la costumbre de pasar el día en el campo, por lo que parece estar unida a las celebraciones de invierno que periódicamente van celebrando el crecimiento de los días (horas de luz) y, por tanto, del calor e intensidad del sol, tan importante en las sociedades agrarias.
Destacar que el nombrar el parque municipal como de S. Antón es una muy buena manera de recordar a todos la importancia histórica de esta fiesta tan unida a las antiguas "giras" a los montes de la carretra de Madrid. De unos años atrás se suele celebrar Misa en la ermita de la Virgen del Rosario o en el mismo parque el domingo posterior a la fiesta.
VIDA de San Antonio Abad
Antonio nació cerca de Heraclea, en el Alto Egipto.
Se cuenta que alrededor de los veinte años de edad
vendió todas sus posesiones, entregó el dinero a los pobres
y se retiró a vivir en una comunidad local haciendo
ascética, durmiendo en un sepulcro vacío. Luego pasó muchos años
ayudando a otros ermitaños a dirigir su vida espiritual en
el desierto, más tarde se fue internando mucho más en
el desierto, para vivir en absoluta soledad.
De acuerdo a los
relatos de san Atanasio y de san Jerónimo, popularizados en
el libro de vidas de santos La leyenda dorada que
compiló el dominico genovés Santiago de la Vorágine en el
siglo XIII, Antonio fue reiteradamente tentado por el demonio en
el desierto. La tentación de san Antonio se volvió un
tema favorito de la iconografía cristiana, representado por numerosos pintores.
Su fama de hombre santo y austero atrajo a
numerosos discípulos, a los que organizó en un grupo de
ermitaños. Por ello,
se le considera el fundador de la tradición monacal cristiana.
Sin embargo, y pese al atractivo que su carisma ejercía,
nunca optó por la vida en comunidad y se retiró
al monte Colzim, cerca del Mar Rojo como ermitaño. Abandonó
su retiro en 311 para visitar Alejandría y predicar contra
el arrianismo.
Jerónimo de Estridón, en su vida de Pablo el
Simple, un famoso decano de los anacoretas de Tebaida, cuenta
que Antonio fue a visitarlo en su edad madura y
lo dirigió en la vida monástica; el cuervo que, según
la leyenda, alimentaba diariamente a Pablo entregándole una hogaza de
pan, dio la bienvenida a Antonio suministrando dos hogazas. A
la muerte de Pablo, Antonio lo enterró con la ayuda
de dos leones y otros animales; de ahí su patronato
sobre los sepultureros y los animales.
Se cuenta también que en
una ocasión se le acercó una jabalina con sus jabatos
(que estaban ciegos), en actitud de súplica. Antonio curó la
ceguera de los animales y desde entonces la madre no
se separó de él y le defendió de cualquier alimaña
que se acercara. Pero con el tiempo y por la
idea de que el cerdo era un animal impuro se
hizo costumbre de representarlo dominando la impureza y por esto
le colocaban un cerdo domado a los pies, porque era
vencedor de la impureza. Además, en la Edad Media para
mantener los hospitales soltaban los animales y para que la
gente no se los apropiara los pusieron bajo el patrocinio
del famoso San Antonio, por lo que corría su fama.
En la teología el colocar los animales junto a la
figura de un cristiano era decir que esa persona había
entrado en la vida bienaventurada, esto es, en el cielo,
puesto que dominaba la creación.
Reliquias y orden monástica
Se afirma que
Antonio vivió hasta los 105 años, y que dio orden
de que sus restos reposasen a su muerte en una
tumba anónima. Sin embargo, alrededor de 561 sus reliquias fueron
llevadas a Alejandría, donde fueron veneradas hasta alrededor del siglo
XII, cuando fueron trasladadas a Constantinopla. La Orden de los
Caballeros del Hospital de San Antonio, conocidos como Hospitalarios, fundada
por esas fechas, se puso bajo su advocación. La iconografía
lo refleja, representando con frecuencia a Antonio con el hábito
negro de los Hospitalarios y la tau o la cruz
egipcia que vino a ser el emblema como era conocido.
Tras
la caída de Constantinopla, las reliquias de Antonio fueron llevadas
a la provincia francesa del Delfinado, a una abadía que
años después se hizo célebre bajo el nombre de Saint-Antoine-en-Viennois.
La devoción por este santo llegó también a tierras valencianas,
difundida por el obispo de Tortosa a principios del siglo
XIV.
La orden de los antonianos se ha especializado desde el
principio en la atención y cuidado de enfermos con dolencias
contagiosas: peste, lepra, sarna, venéreas y sobre todo el ergotismo,
llamado también fuego de San Antón o fuego sacro o
culebrilla. Se establecieron en varios puntos del Camino de Santiago,
a las afueras de las ciudades, donde atendían a los
peregrinos afectados.
El hábito de la orden es una túnica de
sayal con capuchón y llevan siempre una cruz en forma
de tau, como la de los templarios. Durante la Edad
Media además tenían la costumbre de dejar sus cerdos sueltos
por las calles para que la gente les alimentara. Su
carne se destinaba a los hospitales o se vendía para
recaudar dinero para la atención de los enfermos.